sábado, 24 de abril de 2010

Un día sin fusión es como un día sin Sol

En una simulación siempre se dan cosas por sentadas. Si una simulación contemplase todos los aspectos que participan en la misma, ya no sería una simulación si no que podríamos hablar directamente de la realidad misma ya que no habría forma de distinguirla. Un ejemplo de simulación conocido mundialmente es Microsoft Flight Simulator X donde un usuario se pone a los mandos (simulados) de casi cualquier avión construido (o no) por el hombre, desde el Flyer I de los hermanos Wright, hasta un ovni. Aunque el nivel de realismo es asombroso y difícilmente superable, quedan fuera ciertos aspectos meteorológicos cruciales que por razones obvias, son técnicamente extremadamente complejos de representar aún por los ordenadores actuales más potentes y mucho menos por nuestros ultra-modernos pero modestos a su vez, ordenadores personales domésticos.

Los Blables en realidad no son más que un entorno donde la energía es intercambiada de un elemento a otro dentro de un sistema cerrado; energía consumida como movimiento, traspasada parcialmente a una nueva generación mediante el sistema reproductivo o incluso totalmente en caso de ser devorado por un depredador. El elemento obviado más importante en este sistema es el de la inyección de energía al entorno, representado exclusivamente por las plantas como elemento básico de la cadena trófica. ¿De dónde sacan las plantas el aliento fundamental que provoca su crecimiento? Ahí es dónde está la clave de la simulación, el elemento escondido que pone en marcha el sistema, la mano oculta del Creador.

Para un Blable podría ser indiferente, mágico, místico o divino. Y en este orden dependiendo del nivel de complejidad cultural de la especie. Para mi desgracia como desarrollador, la capacidad de las herramientas disponibles para la creación de la simulación, como las limitaciones propias de mi inteligencia, hacen que mis redonditos Blables no pasen del estado de indiferencia ya que se me antoja fuera de mi alcance dotar de un mínimo de conciencia a dicho entramado neuronal que conforma el código de programación del cerebro cognitivo del Blablecito en cuestión.
Pero, ¿y si no fuese así y les pudiese dotar de conciencia existencial cual Tomás de Aquino? Irremediablemente se cuestionaría este punto oscuro de su realidad (simulación para nosotros, sus deidades creadoras) y atribuiría a la magia ese vacío. Al aumentar la complejidad de sus razonamientos pasaría al estado de misticismo hasta llegar al pensamiento religioso, atribuyendo la categoría de divino. ¡Qué lástima si se quedase aquí! Si su, llámalo inconformismo, llámalo curiosidad intelectual, llámalo camino natural en busca de la verdad de su realidad, fuese lo suficientemente grande como para no estancarse como especie en una explicación divina de los huecos en su sabiduría, sin remisión llegaría a levantar el velo que cubre la mano de Dios para descubrir, a través de los huecos que quedan en el teclado, mis dedos sobre las teclas como explicación real de su existencia.

Esto, que se antoja ciencia-ficción, es una realidad muy seria para una especie que conocemos bien. Nosotros, o dicho de una forma un tanto más completa científicamente, los eukariota animalia eumetazoa bilateria deuterosmia chordata vertebrata gnathostomata tetrapoda mammalia theria placentalia euarchontoglides primates haplorrhini simiiformes catarrhini euarchonta hominoidea hominidae homininae hominini hominia homo. En esta retahíla de nombres definitorios de nuestra clasificación humana no falta la especie (homo sapiens), la he obviado a conciencia ya que, en mi opinión, me gustaría hablar de hombre sabio en el momento en que, como ese teórico Blable, demos el salto al siguiente estado de consciencia dejando atrás las explicaciones divinas de nuestra realidad que, recordemos, no deja aspectos fuera, simplemente no conocemos su explicación todavía.

Casi al oído, en un leve susurro, me gustaría decirle a ese hombre que anhela ser sabio, la mano de Dios debería dejar de de estar al timón del destino de nuestra especie. A ese que no lo anhela, le diría que disfrutase del momento histórico de vivir en la era de transición, el momento del eslabón perdido, el instante para nuestro paciente universo en el que nosotros vivimos el camino entre dos estadios.

Ah, para los curiosos y ávidos lectores que lleguen al final, he reservado una sorpresa. Ese elemento que falta en los Blables y que doy por supuesto, es la fusión de una estrella lo suficientemente lejana como para no destruir su mundo, y lo suficientemente cercana como para aprovechar el resultado de su fusión por compuestos basados en carbono. Tal vez algún listillo haya pensado que la fusión se puede simular o ¡¡incluso reproducir en nuestro planeta!! Reto a quien sea a demostrarlo. Ese día daremos un paso más hacia ese siguiente estado de conocimiento que tanto deseo para esta nuestra especie.

Al final, un día sin fusión, es un día sin Sol.

domingo, 18 de abril de 2010

Volcán Eyjafjallajokull - Yikanfo?

Los Blables no contemplan por el momento ningún desastre natural más allá de las variaciones climatológicas propias de las estaciones que, con diferencias en las cantidades de lluvia, hacen que la inyección de energía al sistema mediante las plantas, varíe y fuerce ligeramente la selección de los mejores preparados. Una catástrofe natural seria, lleva al límite la capacidad de supervivencia de las especies y, en algunos casos, a su extinción. A parte de los impactos de cuerpos celestes (mayoritariamente asteroides - no cometas), la causa natural que provoca mayores problemas a la vida en nuestro planeta son los volcanes.

En 1980, el monte Saint Helens entró en erupción con una energía equivalente a una bomba de Hiroshima cada segundo y expulsó 1,2 Km³ de lava y material piroclástico. En 1815, una explosión mucho mayor, la del volcán Tambora, liberó 160 Km³ y provocó un año sin verano. Son 2 de las erupciones más conocidas de los últimos siglos, pero ni mucho menos las más potentes que ha habido. Ese honor pertenece al supervolcán situado en la Caldera de la Garita, que hace 27 millones de años expulsó 5.000 Km³ de material y cambió el clima de la Tierra.

A diferencia de los volcanes clásicos con forma de cono que todos hemos visto cientos de veces en documentales, películas y libros, los supervolcanes son estructuras planas de proporciones gigantescas que resultan prácticamente indetectables. Antes de entrar en erupción, la presión va aumentando en la cámara de magma hasta que el techo de la misma acaba por ceder y se rompe, permitiendo de esta manera que la lava salga impulsada a gran velocidad hasta que alcanza la superficie, momento en el que se desintegra y explota con gran violencia.

En las 2 imágenes que tenéis bajo estas líneas podéis apreciar de manera gráfica la forma de un supervolcán en reposo y momentos antes de entrar en erupción, cuando el magma comienza a ascender:





Al salir con gran violencia millones y millones de m³ de magma incandescente, el suelo sobre el que se encuentra el supervolcán se hunde irremisiblemente, formando un enorme cráter que recibe el nombre de caldera. A menudo, estas estructuras son tan grandes que sólo se pueden observar desde el espacio.

En el caso de la Caldera de la Garita, sus proporciones son, sencillamente, colosales. Situada en las Montañas de San Juan, en el corazón de las Montañas Rocosas, los científicos necesitaron más de 30 años para determinar con precisión su tamaño. Y cuando lo hicieron quedaron estupefactos: la formación medía 75 Km de largo por 35 Km de ancho.

El estudio de los sedimentos depositados en la zona ha puesto de manifiesto que los sucesos que tuvieron lugar allí hace 27 millones de años fueron cataclísmicos. Más aún, la comunidad científica coincide en señalar que la magnitud de dichos eventos escapa a la de cualquier otro acontecimiento de origen volcánico ocurrido en la Tierra del que se tenga constancia.

Se estima que la fuerza de la supererupción fue equivalente a la explosión de 1.000 bombas de Hiroshima cada segundo y la nube de ceniza volcánica que se originó a continuación se elevó, probablemente, hasta los 40 ó 50 Km de altura. Mientras tanto, los piroclastos, en conjunción con los gases volcánicos, destruyeron todo rastro de vida en un radio de 100 Km.

La cantidad de material expulsado fue tal que en los alrededores del supervolcán se cree que los restos de ceniza pudieron alcanzar una altura de hasta 60 cm. Unas cenizas que, además, se extendieron en sólo unos días por todo el mundo, cambiando irremisiblemente el clima de la Tierra y provocando extinciones masivas.

Los sedimentos en forma de toba volcánica que se depositaron alcanzaron un volumen de 5.000 Km³, una cantidad mastodóntica con la que se podría rellenar por completo el Lago Erie, que con sus 25.700 Km² de superficie es el 13º lago del mundo por tamaño.

Dicho esto, ¿existe alguna posibilidad de que un acontecimiento de esta magnitud tuviera lugar hoy en día? Bueno, para comenzar habría que matizar que se han hallado supervolcanes en Indonesia, Nueva Zelanda, Sudamérica, Escocia y Estados Unidos, pero la mayoría están extinguidos. La última erupción de estas características se produjo hace 70.000 años en la zona donde ahora se encuentra el Lago Toba. No fue ninguna nimiedad eso sí: hay teorías que establecen que sumió a la Tierra en un invierno volcánico y extinguió al 60% de las poblaciones humanas de la época.

¿Quiere esto decir que estamos a salvo? No exactamente. En el Parque Nacional de Yellowstone hay un supervolcán activo en cuyo interior está aumentando la presión y que, y esto no lo digo por alarmar, ya ha entrado en erupción en 2 ocasiones con anterioridad, hace 2,2 millones de años y 600.000 años. En la primera expulsó 2.500 km³ de material a la atmósfera, mientras que en la segunda hizo lo propio con otros 1.000 km³.



En caso de que sucediera lo peor y volviera a despertar de su letargo, las consecuencias para la vida en la Tierra serían desastrosas. Recientes estudios señalan que las ingentes cantidades de material piroclástico, los gases y las cenizas que arrojaría devastarían por completo el continente americano.

El resto de la humanidad no nos libraríamos de las consecuencias. Tal y como sucediera con el supervolcán de la Caldera de la Garita, las cenizas llegarían a todos los rincones del planeta y contaminarían el agua, arruinirían las cosechas, matarían al ganado e impedirían el tráfico aéreo. A raíz de ello, las hambrunas no tardarían en llegar, especialmente en los países menos desarrollados.

En los seres humanos provocaría malformaciones en los huesos por la liberación de fluorina, un gas tóxico. Es causa directa de una enfermedad conocida como fluorosis ósea, que propicia el crecimiento de deformidades en los huesos y mata a las personas o las desfigura de por vida.

Asimismo, liberaría sulfuro en forma de gotas de ácido sulfúrico o de aerosoles, que serían proyectados a la atmósfera. Al llegar a la estratosfera, ya libre de nubes o lluvia que los pudieran expulsar, se mantendrían allí durante años y años, creando un velo que redireccionaría la luz del Sol lejos de la Tierra y causaría un descenso notable de las temperaturas.

Hace 3 años, la BBC consiguió que el Instituto Max Planck de Hamburgo elaborara una animación que simulara los efectos globales que tendría una supererupción de este tipo para un documental llamado Supervolcán, la verdad acerca de Yellowstone.

De acuerdo a los datos facilitados por este prestigioso centro, 3 semanas después de que se produjera la erupción, los aerosoles formarían una capa sulfurosa alrededor del mundo tan densa que provocaría el enfriamiento global a un nivel nunca visto.

Aerosoles que liberaría a la atmósfera un Supervolcán

La temperatura caería en picado; en las latitudes altas de Europa y Norteamérica lo haría una media de 12 ºC; en los trópicos bajaría hasta 15 grados. Los monzones del suroeste asiático desaparecerían y con ellos las lluvias y, evidentemente, las cosechas.

Como ya he indicado en un párrafo anterior, cientos de millones de personas morirían en los siguientes meses por falta de alimentos en las regiones menos avanzadas. Pero es que en el resto del mundo la escasez haría acto de aparición poco después y provocaría el caos generalizado.

Al final, todo es una cuestión de tiempo y, a este universo donde vivimos, el tiempo es precisamente lo que le sobra. Esto me recuerda lo que sabemos sobre la nube de Oort pero, como se suele decir, esto es ya parte de otra historia.

domingo, 11 de abril de 2010

El Relámpago de Catatumbo

El ozono es una molécula compuesta por tres átomos de oxígeno y su fórmula es O3. Su nombre viene el griego OZEIN que significa “que tiene olor” a causa del olor acre que desprende. Una forma común que tenemos de observar y oler la formación de ozono es durante las tormentas con rayos. Durante una de estas tormentas eléctricas, podemos apreciar el característico olor del ozono. Uno fácilmente podría pensar que, si conseguimos generar descargas eléctricas continuas, podríamos generar el ozono suficiente como para proteger nuestro planeta con una capa que mengua peligrosamente año tras año. Pues bien, esto ya existe y de forma natural en el lago Maracaibo, Venezuela. Es el llamado Relámpago del Catatumbo.

El Relámpago del Catatumbo es un singular fenómeno meteorológico que se caracteriza por ser un relámpago casi continuo capaz de producir casi 1.200.000 rayos al año y produciendo el 10% del ozono del planeta. Sí, has leído bien, un millón doscientos mil descargas eléctricas por año son aproximadamente 3.287 por día, 136 a la hora, 2,28 por minuto o un rayo cada 25 segundos. Toma ya! Aún así, se han llegado a registrar valores de 280 descargas a la hora (uno cada 12 segundos!)

(ver en google maps)

Es realmente increíble que exista un lugar en el planeta donde cae un rayo cada “ventipico” segundos y es especialmente espectacular de noche ya que consigue, de manera totalmente natural, iluminar casi continuamente la zona en cuestión.

El origen y causa de este extraordinario fenómeno natural es bastante sencillo; las montañas de la zona acorralan los vientos cargados de humedad debido al calor de la zona que produce una alta evaporación del lago. Esta pared montañosa genera unas nubes de rápida formación extremadamente vertical de 3.750 metros (sistema montañoso de Perijá) por un lado y de 5000 metros (ramal venezolano de los Andes) por el otro.

Unas de las primeras referencias al Relámpago de Catatumbo lo encontramos en un poema de Lope de Vega del 1597 y, como curiosidad, existe un intento de catalogar el fenómeno como patrimonio de la humanidad bajo la protección de la UNESCO. De conseguirse, sería el primer efecto meteorológico con esta catalogación.

Lamentablemente, desde Enero de 2010 el Relámpago de Catatumbo no ha sido visto y se teme por la desaparición del mismo. Personalmente estaré atento a las noticias por si el magnífico Catatumbo volviese ya que, aparte de ser un fenómeno increíblemente bello, recordemos que es el responsable del 10% del ozono de nuestro planeta. De nuevo, belleza y eficiencia no están reñidas; la naturaleza vuelve a recordárnoslo.